El advenimiento de la nacionalidad boliviana

Jaime Mendoza

Y llegó el día —10 de julio de 1825— de la instalación de la Asamblea que debía interpretar el destino del Alto Perú. Sucre tomó todas las disposiciones necesarias para que ella se desenvolviese con la más completa independencia. Chuquisaca fue elegida para asiento de esta reunión trascendental. Retiráronse todos los cuerpos de ejército a 20 leguas a la redonda, formándose así una circunferencia de 40 leguas de diámetro en cuyo centro venía a estar situada la Asamblea. El mismo Sucre se alejó de Chuquisaca.

Leyéronse en las primeras sesiones los mensajes políticos y administrativos de Sucre. Luego se planteó la cuestión fundamental: la independencia del Alto Perú. Todos los diputados expresaron su pensamiento en el curso de varias sesiones; y, por último, cerrados los debates, el presidente presentó estas tres proposiciones a votarse: primera, ¿se unirían las provincias del Alto Perú a la Argentina?; segunda, ¿se unirían al Perú?; tercera, ¿se constituirían en Estado autónomo?

La primera proposición fue rechazada por unanimidad; la segunda tuvo dos votos en su favor; la tercera fue aprobada por la gran mayoría restante. En consecuencia, se suscribió por 48 diputados el acta respectiva que, según se dice, constituye “la piedra básica” de la nacionalidad boliviana.

Estaba dado el primer paso. El grupo de los temerarios había triunfado. Un nuevo Estado surgía en el concierto internacional americano, protestando “que su voluntad irrevocable era gobernarse por sí mismo y ser regido por las constitución, leyes y autoridades que él mismo se diese y creyese más conducentes a su futura felicidad en clase de nación”.12 Gesto realmente audaz, con el que el Alto Perú se desvinculaba no solo de la vieja España sino también de sus hermanas mayores, y aun se alzaba contra los designios del Libertador, cuya figura en esos días resplandecía en América del Sur con la aureola de la omnipotencia.

Pero al dar tal paso el grupo de los temerarios contaba seguramente con la grandeza de Bolívar. La fama de este había llegado hasta aquí fascinando todos los corazones y todas las cabezas. Mirábasele como a un demiurgo sembrador de lauros y de luz. Los altoperuanos tenían fe en su alma extraordinaria, que aunque en ciertos momentos, bajo la férula de factores diversos, incurriese en errores, pronto tornaba a alzarse íntegra; y esa fe los llevaba a pensar que, al cabo, el Libertador concluiría por reconocer la justicia de la “causa altoperuana” y consagrar con su enorme autoridad la decisión de la asamblea.

Y así, al siguiente día de la declaración de la Independencia, votóse una ley de glorificación a Bolívar rindiéndole grandes homenajes, entre ellos el de dar su nombre a la nueva República. Lo cual es acremente censurado por Gabriel René Moreno. Para él la asamblea, al rendir tales homenajes a Bolívar, lo hacía sobre todo por miedo.

¿Y qué?

Si hubo allí miedo, pudiera ser verdad; mas ¿por qué limitar a ese sentimiento más o menos bajo, y por otra parte muy natural, el gesto de la Asamblea? ¿No significaba, además, él una simpatía y admiración que inspiran en todas partes aquellos seres que se alzan sobre el común con los relampagueos del genio?

Sí, ciertamente. A juicio nuestro, al proceder el Alto Perú en esa forma por intermedio de sus representantes, procedía también con altura y nobleza.

El propio Bolívar lo reconoció al manifestar su gratitud “sin límites para el pueblo generoso que había querido llamarse Bolívar y que había dado a su nombre una inmortalidad a que no tenía derecho”. “Ni la tendrá jamás”, protesta el inexorable Moreno. Terrible afirmación, pero quizá exagerada.

Bolívar, al oponer sus reparos contra la reunión de la Asamblea, se había movido más por escrúpulos formalistas, de procedimiento, como se ve por su correspondencia a Sucre. En realidad antes del 9 de febrero ya había escrito a Sucre, como este se lo recordó oportunamente, “que la suerte de estas provincias será el resultado de la deliberación de ellas mismas”. Y si a renglón seguido afirmaba: “Y de un convenio entre los congresos del Perú y el que se forme en el Río de la Plata”, era precisamente por esos escrúpulos procedimentales aunque su genio preveía que ni el Perú ni el Río de la Plata habían de hacer cuestión sobre esto. Y desde que pisó el suelo altoperuano se convenció de que la decisión para proclamar su libertad era indefectible.

El propio Moreno dice en algún otro libro suyo que “Bolívar llegó a Chuquisaca enemigo de la libertad y salió jurándola”. Pero quería, además, dar a las cosas todos los visos de legalidad que según él faltaban. Y por eso pedía a los delegados de la asamblea que fueron a entrevistarlo en La Paz, que “tuvieran paciencia y confianza” hasta el año siguiente en que debía reunirse el Congreso peruano para sancionar los sucesos políticos del Alto Perú. Muy conocidas son a este propósito sus palabras, dirigidas tanto a aquellos enviados como a todo el país en proclama del 1 de enero de 1826 al retirarse del Alto Perú: “El Mariscal de Ayacucho quedará a la cabeza de vuestros destinos y el 25 de mayo próximo será el día en que Bolivia sea”.

Jaime Mendoza en breve

Nació en Sucre en 1874. Estudió medicina en la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca. Ejerció su profesión en las minas, las barracas gomíferas y los pueblos de la altiplanicie. Concurrió voluntariamente a la Guerra del Acre (1903-1905) y a la Guerra del Chaco en 1934. Fundó los primeros hospitales y escuelas en los centros mineros de Uncía, Llallagua y Catavi, y los servicios hospitalarios y de asistencia social al niño en Sucre. Fue también director de los Manicomios Nacionales (1923-1925) y senador por el departamento de Chuquisaca. Falleció en Sucre en 1939.

Además de El Macizo Boliviano (1935) y El factor geográfico en la nacionalidad boliviana (1925), Jaime Mendoza es autor, entre otros libros, de En las tierras del Potosí (1911), Los malos pensamientos (1916), Páginas bárbaras (1917), Memorias de un estudiante (1918), El Mar del Sur(1926), La ruta atlántica (1927), Los héroes anónimos (1928), El paludismo en Bolivia (1931), Apuntes de un médico (1936), Voces de antaño (1938) y Notas sobre la hipocondría (1939).


Texto publicado en Correo del Sur. El advenimiento de la nacionalidad boliviana  (Abr. 30, 2018)


 

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